Juan Antonio Sarasketa, la persona
Por Luis Fernando Villanueva
Hay personas que pasan por tu vida. Y hay otras que la cambian para siempre.
Juan Antonio Sarasketa pertenece a ese reducido grupo de personas que dejan una huella tan profunda que resulta imposible imaginar quién serías hoy sin haberlas conocido.
En estos días, tras su marcha, he leído y escuchado muchas referencias al presidente de ADECAP, al impulsor de la Oficina Nacional de la Caza, al comunicador, al agitador de conciencias, al hombre que durante décadas dio la cara por la caza cuando hacerlo no era precisamente cómodo. Todo eso es cierto. Es más, creo que Juan Antonio ha sido la persona más influyente en la historia de la caza moderna. Pero hoy no quiero hablar del personaje. Quiero hablar de la persona.
Confieso que intenté escribir estas líneas poco después de su fallecimiento.
Lo intenté varias veces.
Me senté delante del ordenador con la intención de ordenar recuerdos, de agradecer tantas cosas vividas y de rendir homenaje a alguien que había sido tan importante en mi vida. Pero no pude. Simplemente no encontré las fuerzas.
Ha tenido que pasar un tiempo para que la tristeza dejara espacio a la gratitud. Y solo ahora he sido capaz de sentarme a escribir sobre Juan Antonio como merece: no desde la pérdida, sino desde el inmenso privilegio que supuso haber compartido con él una parte de mi camino.
Porque para mí, Juan Antonio fue mucho más que una referencia del sector cinegético. Fue un maestro. Fue un amigo. Y fue una de las dos personas que más han influido en mi vida profesional junto a Ricardo Ayala.
Cuando yo era apenas un joven director de APROCA, lleno de ilusión, pero también de incertidumbres, Juan Antonio fue de los primeros que me obligó a levantar la vista. A mirar más lejos. A entender que la defensa de la caza no podía limitarse a hablar entre cazadores. Que el verdadero desafío estaba en llegar al corazón de las ciudades. En explicar quiénes somos a quienes nunca habían pisado el campo. En construir puentes en lugar de trincheras.
Aquella visión, que hoy parece evidente, no lo era tanto hace veinte años. Y él la tenía clara.
Recuerdo especialmente la manifestación de Madrid de 2008. He participado en muchos actos públicos a lo largo de mi vida, pero pocas veces he sentido algo parecido a lo que sentí aquel día escuchando su discurso. Me emocionó como un niño pequeño. Porque hablaba desde las entrañas. Porque era capaz de transmitir orgullo, dignidad y convicción sin necesidad de artificios. Porque conseguía que miles de personas sintieran que formaban parte de algo mucho más grande que ellas mismas. Y ese día supe que mi vida profesional debería continuar por ese camino.
Era el mismo Juan Antonio que años antes y años después subía a un escenario en Dima, en aquellas concentraciones inolvidables organizadas por ADECAP, para lanzar arengas memorables contra políticos que, a su juicio, no estaban defendiendo adecuadamente al mundo rural ni a la caza.
Lo extraordinario es que, después de aquellos discursos, de aquellas críticas tan duras como sinceras, era perfectamente capaz de sentarse a comer con esos mismos políticos, compartir conversación y buscar puntos de encuentro. Porque entendía algo que hoy parece olvidado: que defender con firmeza unas ideas no exige odiar a quien piensa diferente. Esa era una de sus grandes lecciones.
Y, sin embargo, quienes solo conocieron al personaje público, quizá nunca llegaron a descubrir lo que había detrás de aquel carácter vasco, fuerte, rotundo y muchas veces indomable. Porque detrás de esa apariencia de hombre duro había una persona extraordinariamente sensible. Y, sobre todo, profundamente bondadosa.
Era generoso con su tiempo, con sus consejos, con sus amigos y con quienes empezaban a abrirse camino. Muchas personas encontraron en él una mano tendida cuando más la necesitaban. Lo hacía de forma natural, sin esperar nada a cambio, sin anunciarlo y, muchas veces, sin que nadie llegara a saberlo.
Los que tuvimos la suerte de tratarle de cerca sabemos que detrás de aquella voz poderosa y de aquella capacidad para enfrentarse a cualquiera cuando creía tener razón, habitaba un hombre de enorme corazón, capaz de emocionarse, de sufrir por los demás y de alegrarse sinceramente de los éxitos ajenos.
Pero si hay un lugar donde verdaderamente conocí a Juan Antonio fue en el campo. Durante la última década compartimos innumerables jornadas de berrea en el Prepirineo. Allí desaparecían los cargos, los discursos y las responsabilidades. Allí quedaba el hombre. Y qué hombre.
Todavía puedo verlo obligándome a sacar hasta el último gramo de carne de cada ciervo que, como siempre ocurría, había decidido caer en el fondo del barranco más inaccesible de toda la montaña. No admitía excusas. Daba igual el cansancio, la hora o la pendiente. El animal merecía respeto. Y el respeto empezaba por aprovecharlo íntegramente.

Aquellas lecciones no se impartían en conferencias. Se aprendían con las piernas temblando mientras cargabas una mochila imposible cuesta arriba. Siempre estaba allí Grigore, su inseparable compañero de aquellas aventuras y que le cuidaba con tanto respeto.
Y después llegaban las noches. Noches eternas de rancheras, de historias repetidas cien veces que seguían haciéndonos reír, de conversaciones que empezaban hablando de caza y terminaban hablando de la vida.
Recuerdo especialmente los días de cocina. Siempre disfruté cocinando para los amigos, pero reconozco que pocas cosas me producían tanta satisfacción como ver a Juan Antonio disfrutar de un plato de carne de caza. Lo hacía con entusiasmo, con honestidad, sin reservas. Y aquellos momentos siempre terminaban acompañados por algunos de los magníficos vinos que aportaba nuestro querido amigo José María Gallardo. Eran horas sencillas y, precisamente por eso, eran extraordinarias.
Juan Antonio también disfrutaba enormemente de mis despistes. Probablemente porque le daban munición para bromear durante meses. Cuchillos perdidos en el monte, mochilas, prismáticos…
Pero el episodio definitivo llegó hace dos años, cuando conseguí perder las llaves del coche en mitad del Pirineo oscense. El coche, por supuesto, cerrado. Y dentro, por supuesto también, un venado completamente despiezado en pleno septiembre, con un calor insoportable. Aún creo recordar aquel olor imposible cuando por fin conseguimos abrirlo. Todavía escucho sus carcajadas y sospecho que seguirá riéndose de aquello durante mucho tiempo, esté donde esté.
También hubo dos etapas en la vida de Juan Antonio. La primera fue la que compartió junto a Charo, su compañera de vida. Y la segunda comenzó con su pérdida en 2018. Quienes le conocimos sabemos que aquella ausencia le cambió para siempre. Hay dolores que nunca desaparecen. Dolores con los que uno no se recupera, sino que aprende a convivir. Y Juan Antonio aprendió a hacerlo con una entereza admirable.
Nunca dejó de echarla de menos, pero encontró la fuerza necesaria para seguir adelante gracias al cariño de una familia extraordinaria y al apoyo constante de sus hijos, Juantxi e Iñigo y de sus nietas, que permanecieron a su lado hasta el último día. En ellos encontraba refugio, orgullo y motivos para seguir caminando.
Quizá otra de las grandes lecciones que nos deja sea precisamente esa: la capacidad de aceptar el paso del tiempo, asumir las pérdidas y continuar viviendo sin renunciar a la alegría ni a las amistades. Porque Juan Antonio también supo hacer algo que no todos saben hacer. Supo dar el relevo.
Lo hizo en silencio, sin aspavientos, sin reclamar focos ni reconocimientos. Sin esperar homenajes. Comprendió que cada generación tiene su momento y que la mejor forma de servir a una causa es garantizar que otros puedan continuar el camino. Por encima de los cargos, de las responsabilidades y de los reconocimientos públicos, él valoraba algo mucho más importante: la amistad.
Con los años he aprendido que el verdadero legado de una persona no se mide por los cargos que ocupó, ni por los titulares que protagonizó, ni siquiera por las organizaciones que ayudó a construir. Se mide por las vidas que cambió y Juan Antonio cambió muchas. Desde luego cambió la mía.
Me enseñó a pensar en grande cuando todavía pensaba demasiado pequeño. Me enseñó que la defensa del mundo rural exige valentía, pero también inteligencia. Que las convicciones deben ser firmes, pero nunca incompatibles con el diálogo. Que la autenticidad vale más que cualquier estrategia de comunicación. Y me regaló algo todavía más valioso: su amistad.
Por eso hoy no quiero despedir al presidente, ni al dirigente, ni al referente cinegético, quiero despedir al amigo, al hombre que me hizo mejor profesional, al hombre que me hizo mejor persona. Al hombre que seguirá acompañándome cada vez que escuche una ranchera en una noche larga de campo, cada vez que contemple una berrea o cada vez que recuerde que la mejor manera de defender aquello que amas es hacerlo con pasión, con honestidad y sin miedo.
Mientras yo viva, Juan Antonio, no olvidaré lo que hiciste por mí, ni lo que me enseñaste. Porque hay deudas que nunca se saldan, y la que tengo contigo es una de ellas.
Gracias por todo, amigo.

